Por Gustavo Coronel – Martes 12 de mayo de 2020 –

Óleo de Mariel Ruzyck




A los ocho o nueve años de edad, cuando comencé a leer a Verne y a Dumas, abrí mi cuenta de ahorros en el Banco Universal de la Felicidad, sucursal Los Teques. Al leer “20.000 Leguas de Viaje Submarino”, de Julio Verne, me sentí fascinado por el asistente del profesor Aronnax, de nombre Consejo, quien es descrito por el autor de la siguiente manera: “ Consejo era capaz de recorrer con una agilidad de acróbata toda la escala de las ramificaciones, de los grupos, de las clases, de las subclases, de los órdenes, de las familias, de los géneros, de los subgéneros, de las especies y de las variedades del mundo animal”.  Cada pez que encontraba el  Nautilus a su paso  era de inmediato clasificado por Consejo. Entré al extraordinario mundo de la naturaleza llevado de su mano, extendiendo mi pasión clasificatoria a las rocas y a las plantas. Las tunas se convirtieron en xerófitas de la familia OPUNTIA y aprendí que el apamate y el araguaney eran primos hermanos, de la familia TABEBUIA. Las rocas eran  volcánicas, ígneas, sedimentarias y metamórficas. Aprendí que cada mineral siempre cristalizaba de manera idéntica, por ejemplo la galena (sulfuro de plomo) como un bello cubo bruñido. No solo era Consejo un prodigio de sapiencia en ese campo de las ciencias naturales  sino que tenía, como Passepartout en “La Vuelta al Mundo en 80 Días”, o como el guía Hans en: “Viaje al Centro de la tierra”, la hermosa cualidad de la abnegación. Estos hombres estaban siempre dispuestos a arriesgar su vida por los demás. Gracias a estos ejemplos y el de mi madre, ver:http://lasarmasdecoronel.blogspot.com/2020/05/dia-de-la-madre.htmlaprendí a identificarme con los débiles y los necesitados. Las obras de Verne fueron una poderosa promoción de la empatía.

En su trilogía de Los Tres Mosqueteros, 20 Años Después y el Vizconde de Bragelonne, Dumas padre me llevó a tratar de imitar  cualidades como la nobleza de Athos, el sentido de la amistad de Porthos, el valor de  Aramis y la generosidad incontenible de D’Artagnan. Estos hombres no reconocían otra autoridad que no fuese la de la razón y  la de la justicia. 

La lectura de Orlando El Furioso, de Ariosto, me sensibilizó hacia los perdedores y hacia las cualidades de caballerosidad, mientras que El Quijote despertó en mí el respeto por el gran gesto, no importa que este fuese fútil. Me hice seguidor de quienes actúan basados en los principios y aprendí a desconfiar del pragmatismo.   Estos depósitos cuantiosos fueron a engrosar mi cuenta de ahorros en el Banco de la Felicidad. Luego, durante toda mi vida de adolescente y de adulto, gracias a los amigos, la familia, los maestros, los viajes,  la lectura y la buena música, gracias a la contemplación de las bellezas de la naturaleza, esos depósitos fueron creciendo y me han permitido llegar a la ancianidad con un significativo saldo positivo.

Es con ellos que enfrento hoy los tiempos del Corona Virus. Me han servido como armadura, resistente a las fuerzas del miedo y del desaliento. No puedo desconocer que ya tengo dos strikes en contra y enfrento un lanzador peligrosísimo, el tal Corona, el de la camiseta 19, por las rectas de humo que le zumba a los ancianos, pero ello no logra alterar mi íntima sensación de bienestar espiritual.  Aunque todos terminamos ponchándonos, nadie ha logrado recibir una base por bolas en el juego de la vida, mis ahorros espirituales han representado el mejor remedio conocido hasta ahora contra la muerte, seguir envejeciendo. 

Mis ahorros han crecido sin cesar desde que  tenía ocho años en Los Teques.  Hasta mis grandes pérdidas, como han sido la muerte de algunos de mis más queridos amigos, Antonio Pasquali, Alberto Quirós, Pedro Pick, Julio Barroeta y la de todos mis tíos, mis padres y hermana,  se han  ido transformando en recuerdos que utilizo para enfrentar la soledad, uno de los grandes enemigos de la ancianidad. En su “Elogio de la Vejez”  Herman Hesse decía que sus imágenes de los amigos iban adquiriendo una “dimensión diferente. Personajes que ya no están sobre la Tierra siguen viviendo en nosotros, nos pertenecen, nos hacen compañía…”. Yo así lo siento y, más que significar esto una insalubre regresión,   creo que  significa  que los he incorporado a ellos y a lo que ellos han representado para mí a lo que Ortega y Gasset  definía como el “Yo”.  Los ausentes se han hecho parte de mí y sus recuerdos forman parte importante de mis ahorros en el Banco de la Felicidad. Porque, como decía Thornton Wilder al final de su novela “El Puente de San Luis Rey”, existe un puente entre la tierra de los vivos y la tierra de los muertos y ese puente está hecho de recuerdos y amor.

Otras importantes fuentes de bienestar interior han sido la música clásica y la ciencia ficción, ambas como mandadas a hacer para el día a día que nos impone la crisis. Ellas representan excursiones diarias, más que fugas. En materia de música clásica la selección es infinita, desde la elegancia de los franceses hasta la melodía de los rusos y el ritmo de Billo Frómeta. En ciencia ficción me he concentrado en la obra de Jack Vance, quien fue un mago de las palabras, cuya fértil imaginación creó mundos poblados por las más diversas sociedades, con culturas extrañas que comparten costumbres arcaicas con sofisticados adelantos técnicos y ofrecen al lector  horas de especial deleite.   

No sé hasta qué punto esto pueda ser de alguna ayuda a otros,  ya que cada quien tiene sus propias vivencias, las cuales moldean su Yo y representan sus armas muy particulares para enfrentar tiempos azarosos. Creo que lo rescatable aquí es el concepto de ahorros en el banco de la felicidad. Todos los tenemos, algunas veces no nos damos cuenta de cuan significativos son.  

Siempre serán de inestimable ayuda para navegar con éxito los mares tormentosos.

Autorizado y Publicado por Gustavo Coronel