Por ING. ADALBERTO GABALDON* / CARACAS 12 DE OCTUBRE DE 2020

La reserva forestal de IMATACA nunca ha estado en la atención de los venezolanos. IMATACA es algo remoto cuya mención se hacía en los textos escolares de bachillerato.  En una encuesta relámpago que hice entre 20 personas de mi entorno, ninguna sabia con precisión de que se trataba. Quizás la mayor vulnerabilidad que tiene es precisamente el desconocimiento nacional sobre la misma.

Hoy el país está descubriendo lo que IMATACA, ha representado y sobre todo observa consternado la brutal transformación que se lleva a cabo con la puesta en marcha del más brutal de los instrumentos administrativos de la historia de Venezuela. El arco minero o antro de la muerte.

Desde su creación en 1961, la reserva forestal, incluida dentro de la sierra de IMATACA ha estado bajo asedio de los buscadores de oro. Los terribles mineros garimpeiros azotes de la naturaleza han estado presentes en una lucha contra la ley y el orden. El estado privilegio la economía de los recursos naturales a la economía del oro. El oro era un problema y una amenaza, nunca una oportunidad.

Pero el oro tiene sus amiguitos. No solo los garimpeiros clásicos sino los de flux, corbata y elegantes maletines de cuero con enjundiosos análisis sobre la riqueza infinita escondida en el Macizo Guayanés y cuya extracción traería toda la felicidad a los venezolanos. Durante la democracia, hubo una línea de política bien clara. La frontera minera no se expande. Bienvenidos las iniciativas siempre que su ubicación fuese en los espacios tradicionales. La debilidad institucional presente hacia el final de la democracia, consiguió demoler la reserva forestal para transformarla en un monstruoso campo minero. El decreto 1850 del año 97 generó una reacción cívica que culmino en la sentencia de la corte suprema de justicia anulando la descocada intención del decreto. Se salvaba IMATACA.

No por mucho tiempo. El candidato preferido por la borrachera colectiva de una nación, juro con lágrimas en los ojos en un acto en el parque central, defender los bosques y las aguas contra la locura minera. No tardo en olvidarse de lo prometido cuando en el 2004 acabo con la reserva mediante decreto hoy ampliado en el colosal, destructivo y arrasador instrumento de gestión denominado arco minero.

La catástrofe de tal decisión se empieza a manifestar. El paludismo ha regresado triunfante. La tierra arrasada de la reserva forestal se ha convertido en el gigantesco hábitat de los mosquitos transmisores, que cómodamente han empezado su desplazamiento hacia el resto del país. Los tranquilos centros poblados que desde ciudad Guayana hasta la frontera con Brasil constituyen el alma del gentilicio guayanés sufren la brutal ocupación extranjera. El orden institucional y legal ha sido desplazado por la brutalidad de leyes mineras con penas y castigos brutales que han sembrado el terror en la región. La desintegración territorial de Venezuela moviéndose a tambor batiente.

Los venezolanos no sabíamos donde quedaba IMATACA. Lo estamos aprendiendo del peor modo posible y los infectados de paludismo lo han hecho con dolor.

Roguemos al altísimo que los venezolanos podamos detener la barbarie en Guayana y devolverle al centro del país la tranquilidad perdida.

*EX MINISTRO DEL AMBIENTE Y DE LOS RECURSOS NATIRALES RENOVABLES