Adalberto Gabaldón* / Caracas 23 de agosto de 2020

La Democracia de Venezuela, el más espléndido período de nuestra historia republicana tuvo incontables aciertos y logros en sus breves 40 años de duración. En todos los órdenes de las políticas públicas. Menciono tres. El abastecimiento de agua, la cobertura eléctrica y la visión estratégica y fundamental de Guayana para el soporte del país. La naturaleza del territorio al sur del Orinoco ya era conocida desde que Alejandro von  Humboldt lo recorriera y plasmara  en su monumental Obra que tituló “Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente”. Humboldt se dio cuenta que ese territorio era único y completamente diferente al resto del planeta. Esas consideraciones tuvieron que esperar 150 años para que otros notables como Henry Pittier los pusieran sobre el tapete. Nacían en Venezuela las ciencias naturales que lentamente empezaron a dar luces y a superar el brutal congelamiento que vivió el país después de la Independencia. El Estado inició su aproximación a este vasto e inmenso territorio y rápidamente se evidenció que su  potencial primario era totalmente diferente a lo convencional. Humboldt  tenía toda la razón. La misión que evaluó el río Caroní  dio en el clavo. El sur de Venezuela es una reserva inagotable de energía renovable a perpetuidad. Es el agua la infinita riqueza que la naturaleza nos dio. Nacía así una política de Estado sólidamente adelantada por más de medio siglo y cuyo ejecutor fue la Corporación Venezolana de Guayana.

La atención se concentró en el Caroní  y vimos como lentamente la riqueza le llegó a todo el país. Electricidad abundante y barata. El débil potencial primario del Sur del Orinoco, convertido en riqueza para todos los venezolanos.

El otro espacio de altísima prioridad fue el río Cuyuní. Su inmensa cuenca la define la Sierra de Imataca, aledaña a la zona del Esequibo. Cuyas aguas drenan al Atlántico directamente. En su interior se encuentra como tumor canceroso  desde tiempos coloniales la minería aurífera.

El Estado venezolano dio muestra de sensatez al definir que la actividad minera si bien era una realidad, había que mantenerla confinada  para que las brutales consecuencias de tales  actividades fuese posible  de algún modo ser controladas.

En 1961 nace entonces la Reserva Forestal de Imataca, ampliada en 1963, para promover una actividad económica con un marco regulatorio apropiado y bajo normas estrictas que permitieran manejar el bosque tropical de forma sustentable.

En casi 60 años tal política dio sus frutos. Floreció una industria maderera con miles de trabajadores,  con una sólida contribución al PIB nacional. En su mejor momento hubo alrededor de 40 industrias forestales, empleando más de 4.000 empleos directos. En Upata se creó la Escuela de Industrias Forestales.   En todo el territorio de Guayana se desarrollaron actividades diversas gracias a la energía del Caroní. En 1993 el sector metalúrgico y metalmecánico exportó bienes terminados por valor superior a los 6.000 millones de dólares. Buena parte de esa exportación eran kilovatios, abundantes y poco costosos. Venezuela navegaba con buen viento  sin sacrificar en modo alguno el origen de esa  inagotable fuente de prosperidad: el frágil ecosistema del sur. Sobre todo demostrando que los recursos naturales renovables generan  progreso y prosperidad  “ad infinitum”.

El oro es como una maldición bíblica. No sirve para nada sino para estimular la codicia. A diferencia del cobre que ha llevado la electricidad a todo el planeta o el hierro y el aluminio que han  transformado la civilización, el oro no participa de esa condición. Alrededor de Imataca  apareció el oro hace 400 años. Los encomenderos enceguecidos  fueron los primeros en hacerse presentes. El magnetismo del oro siguió por siglos y llegaron los garimpeiros y los de flux y corbata, todos unidos con el mismo propósito: arrasar con todo.

Juiciosamente  el Estado  venezolano adoptó  una política de confinamiento de la actividad minera. Plenamente consciente que el oro no es lo fundamental sino el agua y la preservación de los bosques. Los parques nacionales, reservas forestales, y otras áreas especiales han sido los instrumentos de equilibrio, control y además demostradores y estimuladores de la existencia real y palpable de economía verde, sustentable, no destructiva ni depredadora a diferencia de las características de la economía del oro. En próximas oportunidades aportaremos  los elementos de juicio para desmontar La falsa ilusión del oro.

La Reserva Forestal de Imataca  ha estado bajo asedio de los depredadores, los peores de flux y corbata con su carita de ”yo no fui”,  empeñados en barrerla. Lo intentaron de mil formas. El abortado decreto del 97 casi Lo logra. Entonces una sociedad vigorosa lo impidió.

Lamentablemente para Venezuela, lo están logrando. El apocalíptico “Antro” minero arrasa y avanza  a tambor batiente. Las imágenes de satélite muestran inequívocamente el nacimiento deplorable, lamentable y repudiable  del nuevo desierto. EL DESIERTO DE IMATACA.

*Ex Ministro del Ambiente y Recursos Naturales Renovables