Adalberto Gabaldón* / 15 de septiembre de 2020

Difícil de entender como dos espacios planetarios tan disimiles a simple vista son tan parecidos. En términos familiares podríamos decir que son primos hermanos. El macizo o Escudo se extiende por varios países. Sus casi 2 millones de km cuadrados, lo ubica después del Sahara en tamaño.

El apocalíptico arco minero es el instrumento para transformarlo en el desierto de Guayana.

Ese inmenso espacio es el más viejo del planeta. Inamovible por miles o millones de millones de años.  Vió surgir y elevarse las grandes montañas, los Himmalayas, los Andes, los Alpes..vio formarse los continentes. Difícil de visualizar para nuestra mente esa maravillosa manifestación de la creación. 

Ese monolito metálico alberga la otra maravilla como es la cobertura vegetal que inexplicablemente se yergue imponente a nuestros ojos. Todo ello ha sido posible gracias al agua. La lluvia abundante permitió que sobre un bloque metálico fuese posible la existencia de una masa vegetal cuyas raíces no lo penetran. Es una carpeta donde yacen los nutrientes que permite su retroalimentación eterna.

No tan eterna. En un segundo un tractor puede eliminar el producto formado durante los Miles de millones de años precedentes. Esa eliminación es irreversible. Se crea un desierto.

El arco minero es el decreto de creación del más terrible desierto del planeta. Un desierto con lluvias imparables que sin los  amortiguadores naturales producirán las crecientes más terribles que se puedan imaginar. La erosión irreversible de los frágiles  suelos imposibles de recuperar.

El oro es un metal inútil y devastador. Su único uso es alimentar la codicia. Mueve lo más oscuro y lamentable de la naturaleza humana. Un minero se lleva por delante lo que sea en procura de una pepita que lo saque de abajo. Pocos lo logran. El oro ha estado presente en nuestra historia desde siempre. La codicia movió a los encomenderos. Este hecho llevo al   Estado venezolano a desarrollar una política  sana y prudente. Su magnífica materialización ha sido la Guayana no aurifera. La CVG fue el gran motor del modelo de ordenación del territorio que permitió el desarrollo de todo tipo de actividades a partir de la gran riqueza allí presente : el agua y la energía limpia y renovable a perpetuidad. Millones de personas pudieron progresar en todas las  actividades diferentes de la minería. La minería aurifera se mantuvo   ” encerrada” en los espacios dónde existe desde hace siglos, Al tiempo que con la instituciónalidad se buscó imponer orden para minimizar los terribles impactos negativos de la misma.

Vino el apocalipsis que se llevó por delante todo. El andamiaje creado fue derribado. Cesaron las grandes industrias básicas. Se desplomaron las actividades forestales, madereras, pecuarias, metalmecánicas etc,. Perfectamente sostenibles en el tiempo. Hasta la monumental fuente de energía de todo el país en precaria condición de funcionamiento, puesto en evidencia con los apagones eléctricos de 2019 y que segura y lamentablemente se repetirán.

El apocalipsis no se detuvo ahí. Después de desmantelar la obra del hombre decidió desmantelar la obra de la naturaleza creada en miles de millones de años.  Los tractores y las motosierras empezaron a seguir la trayectoria de los encomenderos del siglo  XVI. 

Eso es el arco minero. Cientos de miles de kilómetros cuadrados serán arrasados y convertidos en desierto. Todo ello en la búsqueda inútil del más inútil de los metales.

Este tenebroso  escenario debe ser detenido en seco. Los venezolanos debemos mirar hacia el sur del país donde se produce el desmantelamiento de la Nación. La ley, el orden y el sentido común deben prevalecer ante la barbarie relatada en Doña Bárbara, materializada en este siglo XXI. 

Bajo tales circunstancias parece un contrasentido promover una nueva ley de minas que con el contradictorio titulo de minería ecológica y sustentable, pareciera más bien la patente de corso para que exista un arco minero ” bueno, bonito y barato.”

*Ex Ministro del Ambiente y Recursos Naturales Renovables