Alexis Ortiz / Crónicas desde Miami / Artículo publicado en «elNuevo Herald» de Miami / Viernes 27 agosto 2021

        Juan Guaidó nos sorprendió a todos. Llegó a la presidencia de Venezuela sin experiencia de gobierno y sin buscar el cargo. En esa función, dificilísima en virtud de las calamidades de Venezuela por la acción deletérea de la narcodictadura castrochavista, él se ha revelado como un joven valiente, sereno, competente, moderado y tolerante.

          Ha cometido errores, sólo tienen la pretensión de no cometerlos nunca, los dictadores y los mesiánicos, aquellos convencidos que nacieron para mandar al prójimo. Los demás, los seres humanos normales, solemos acertar y equivocarnos.

          Pero en medio del acoso de los agentes de la narcodictadura, los ataques muchas veces inclementes de gente democrática e, incluso, la desatención de sus compañeros de partido y los aliados, Guaidó se la juega todos los días en Venezuela y ha logrado comprensión de nuestra sufrida ciudadanía. Además del reconocimiento de los gobiernos más respetables del planeta.

          Con la Asamblea Nacional presentó un Plan de Salvación Nacional (cronograma electoral con elecciones presidenciales, entrada confiable de la ayuda humanitaria y las vacunas, y libertad de los presos políticos) que son la base para las negociaciones con la narcodictadura que se llevan a cabo con  mediación noruega.

          La negociación es inevitable y es vital que los venezolanos lo entiendan así. Muchos héroes digitales se empeñan en satanizarla y presentarla como una traición. Guaidó y todos nosotros tenemos que defenderla como un mal trago para buscarle una salida pacífica a la tragedia del país.

          Pero participar en las elecciones ilegales, ventajistas e inconducentes convocadas por la narcodictadura para el 21 de noviembre, es un disparate que podría provocar un severo retraso en la derrota del castrochavismo para salvar a Venezuela.

          Entonces, Juan Guaidó debe asumir su responsabilidad histórica y rechazar públicamente y sin ambages, esos comicios con aroma de desastre nacional.

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