Por: Evencio J. González P. / 20/10/2020

Cuando se revisa la ilegalidad del esperpento electoral convocado por el usurpador, nos encontramos entre tantas verrugas, con siete graves violaciones a la Constitución Nacional:

1- Al modificar las normas electorales dentro de los seis meses previos a las elecciones.
2- Al incrementar sin base alguna, el número de diputados a elegir, elevándolo de 167 a 277, 48 de los cuales, mediante la figura de adjudicación nacional contraria al carácter regional de dichas elecciones.
3- Cuando el ilegítimo CNE legisló y reglamentó, sin competencia para ello, sobre normas legales inexistentes.
4- En su artículo 67 al omitirse los requisitos de elegibilidad de los candidatos, mediante previas elecciones primarias.
5- Al establecer elección en segundo grado y el voto de “manos alzadas” para la elección de los Diputados Indígenas.
6- Al incumplir su mandato de exigir a los candidatos, el requisito de previa residencia por cuatro años, en el Estado a representar.
7- Al violar el principio de igualdad constitucional y establecer una superioridad de los electos por listas, sobre los personalizados.

A estas transgresiones Constitucionales, se le añaden las violaciones a diversas leyes. La designación ilegal del CNE y la intervención arbitraria de las directivas de los partidos, todo lo cual, convierte a este evento, no sólo en parodia electoral, sino también en una tupida trama de ilegalidades que asustan.

Los pecados capitales son los siete vicios que dan origen a las violaciones a ley de Dios. Caer en alguno de esos vicios, nos conduce irremediablemente al pecado. Ignorar las siete faltas capitales a la Constitución Nacional, no puede considerarse pecado, porque ello sería darle al César lo que es de Dios. Pero si bien ello en sí, no es pecado, el cohonestar todas esas violaciones constitucionales participando en dichos comicios, resulta por lo menos, una gran inmoralidad. Todo ello para el logro de nada.